Lecturas de la liturgia
- En aquellos días, Absalón se enfrentó frente a frente con los hombres de David; iba montado en una mula y, al meterse la mula bajo las ramas de una frondosa encina, la cabeza de Absalón se atoró en las ramas de la encina y quedó colgado en el aire, mientras la mula que montaba siguió corriendo. Lo vio uno y le fue a avisar a Joab:
«Acabo de ver a Absalón colgando de una encina».
Joab tomó tres flechas y se las clavó en el corazón a Absalón.
David estaba en Jerusalén sentado entre las dos puertas de entrada. El centinela, instalado en el mirador que está encima de la puerta de la muralla, levantó la vista y vio que un hombre venía corriendo solo. Le gritó al rey para avisarle. El rey le contestó:
«Si viene solo, es que trae buenas noticias. Retírate y quédate aquí».
El se retiró a un lado y se quedó allí. El hombre que venía corriendo, que era un etíope, llegó a donde estaba David y dijo:
«Traigo buenas noticias a mi señor, el rey. Dios te ha hecho justicia librándote de todos los que se habían rebelado contra ti».
El rey le preguntó:
«¿Está bien mi hijo Absalón?»
Respondió el etíope:
«Que acaben como él los enemigos del rey, y todos los que se rebelen contra ti».
El rey se estremeció y, subiendo al mirador que está encima de la puerta de la ciudad, rompió a llorar, diciendo:
«¡Hijo mío, Absalón; hijo, hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mío!»
Informaron a Joab que el rey estaba inconsolable por la muerte de Absalón. Y aquel día la victoria se convirtió en duelo para todo el ejército, cuando se enteraron de que el rey estaba inconsolable por su hijo. Por ello las tropas entraron a la ciudad furtivamente, como entra avergonzado un ejército que ha huido de la batalla. - Hazme caso, Señor, escúchame, que soy humilde y necesitado; protege mi vida, pues soy un fiel tuyo; tú eres mi Dios, salva a tu siervo que confía en ti.
Protégeme, Señor, porque te amo.
Ten piedad de mí, Señor, pues te invoco todo el día; colma de alegría a tu siervo, pues en ti, Señor, me refugio.
Protégeme, Señor, porque te amo.
Tú eres, Señor, bueno e indulgente, lleno de amor con todos los que te invocan. Escucha mi oración, Señor, atiende mi súplica.
Protégeme, Señor, porque te amo. - Al regresar Jesús a la otra orilla, se le aglomeró mucha gente mientras él permanecía junto al lago. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies, y le suplicaba con insistencia, diciendo:
«Mi niña está agonizando; ven a poner las manos sobre ella para que sane y viva».
Jesús se fue con él. Mucha gente lo seguía y lo apretujaba. Una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con los médicos, que había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno y más bien había empeorado, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues se decía: “Si logro tocar aunque sea su manto, quedaré sana”. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y sintió que había quedado sana. Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta en medio de la gente y preguntó:
«¿Quién ha tocado mi ropa?»
Sus discípulos le contestaron:
«Ves que la gente te está apretujando ¿y preguntas quién te ha tocado?»
Pero él miraba alrededor a ver si descubría a la que lo había hecho. La mujer, entonces, asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le contó la verdad.
Jesús le dijo:
«Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz; estás liberada de tu mal».
Todavía estaba hablando cuando llegaron unos de la casa del jefe de la sinagoga diciendo:
«Tu hija ha muerto; no sigas molestando al Maestro».
Pero Jesús, que oyó la noticia, dijo al jefe de la sinagoga:
«No temas; basta con que sigas creyendo».
Y sólo permitió que lo acompañaran Pedro, Santiago, y Juan, el hermano de Santiago.
Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y, al ver el tumulto, unos que lloraban y otros que daban grandes gritos, entró y les dijo:
«¿Por qué este tumulto y estos llantos? La niña no ha muerto; está dormida».
Pero ellos se burlaban de él. 
Entonces Jesús echó fuera a todos, tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que lo acompañaban, y entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y de dijo:
«Talitha Kum» (que significa: Niña, a ti te hablo, levántate).
La niña se levantó al instante y se puso a caminar, pues tenía doce años.
Ellos se quedaron totalmente admirados. Y él les mandó con insistencia que nadie se enterara de lo sucedido, y les indicó que dieran de comer a la niña.- Palabra de Dios, Te alabamos Señor.
¡Gloira a Dios!
ResponderEliminarDame de esa fe Señor que nunca se vaya de mí
El Señor te ama muy especialmente y el Tesoro de su Oceano de Amor y Misericordia es infinito.
EliminarEn el mes de la Preciosisima Sangre de Nuestro Señor Jesús pedimos que envie su poderosa bendición, liberación y sanación a todos los seguidores de este sitio y nos aumente la fe. Pues este es el tiempo de su Gracia. Por Jesucristo Nuestro Señor